La nueva ley de medios libertaria: no hace falta censurar periodistas si podés ahogarlos en ruido

El mileísmo todavía no logra responder sin entrar en contradicción consigo mismo: ¿Desde cuándo un periodista tiene más obligación de transparentarse que un funcionario que administra miles de millones de pesos públicos?

Durante años, Javier Milei construyó su identidad política denunciando el avance del Estado sobre la sociedad. El control. La persecución. El aparato. La casta usando organismos públicos para disciplinar empresarios, opositores y periodistas.

Por eso resulta tan fascinante -y tan peligrosa- la mutación que empieza a verse ahora.

Porque mientras el Gobierno habla de declaraciones juradas para periodistas, controles patrimoniales y reformas vinculadas a medios, empieza a aparecer una pregunta inconveniente que el mileísmo todavía no logra responder sin entrar en contradicción consigo mismo:

¿Desde cuándo un periodista tiene más obligación de transparentarse que un funcionario que administra miles de millones de pesos públicos?

Y cuidado con subestimar esta discusión.

Porque no estamos hablando solamente de medios.

Estamos hablando de poder.

Dejemos algo claro antes de seguir

Si existen periodistas ensobrados. Sí existen operadores disfrazados de analistas. Sí existen tipos que cobran para pegar, para defender gobiernos o para callarse convenientemente cuando pasa algo incómodo. El periodismo argentino arrastra miserias estructurales hace décadas, negarlo sería infantil.

Ahora bien. El periodista podrá intoxicar una conversación pública, también operar una audiencia. Podrá instalar un relato de alcance limitado sobre una porción del electorado, pero el que verdaderamente tiene capacidad de joderle la vida a todos los argentinos es el funcionario público nacional.

Porque el periodista no maneja:

  • La AFIP
  • Los ministerios
  • La SIDE
  • Las fuerzas de seguridad
  • Las empresas públicas
  • Las regulaciones
  • Ni la plata de los contribuyentes

El funcionario sí, y esa diferencia no es menor: es toda la diferencia. Porque un periodista podrá mentirte frente a una cámara, pero un funcionario puede destruirte usando el Estado.

El mileísmo está entrando en una zona peligrosísima

Lo más interesante de todo esto es que Milei no parece estar construyendo una “Ley de Medios” clásica al estilo kirchnerista. No estamos viendo -al menos por ahora- una guerra frontal contra grandes grupos empresarios, licencias o concentración mediática.

Esto es otra cosa: más moderna, más líquida, más digital, más siglo XXI.

El proyecto que empieza a circular habla de una enorme desregulación:

  • Más radios
  • Más señales
  • Más plataformas
  • Más streaming
  • Menos barreras
  • Menos límites
  • Menos intervención estatal

En teoría, suena profundamente liberal. Cualquiera podría abrir un canal, cualquiera podría emitir, cualquiera podría transmitir. Perfecto.

El problema es que la libertad también puede ahogarse en exceso porque cuando todo el mundo habla al mismo tiempo, muchas veces el resultado no es más debate. Es más ruido.

La ley de lemas mediática

Y acá aparece la parte más sofisticada -y quizás más peligrosa- de todo este fenómeno. Hay algo de esta lógica que recuerda muchísimo a las viejas leyes de lemas que todavía sobreviven en algunas provincias argentinas.

¿Se acuerdan cómo funciona el truco? Veinte listas, treinta candidatos. Todos aparentemente enfrentados entre sí, todos supuestos “compitiendo”, pero abajo de la mesa, gran parte termina orbitando alrededor del mismo caudillo que maneja el poder, la estructura y la caja.

Bueno. En medios podría pasar algo parecido, no hace falta cerrar canales si podés inundar la cancha de micrófonos propios.

No hace falta censurar periodistas si podés abrir:

  • Cien streams,
  • Doscientas radios,
  • Quinientos canales,
  • Miles de influencers aparentemente “independientes”, todos hablando al mismo tiempo, todos aparentemente desconectados entre sí, pero bajando más o menos la misma línea del tipo que tiene recursos, pauta, estructura digital y poder político.

La nueva ley de medios libertaria quizás no necesite apagar voces. Le alcanza con fabricar tantas que nadie sepa ya quién responde a quién. Y ahí aparece el verdadero riesgo de esta época: la censura moderna quizás ya no consista en callar periodistas.

Quizás consista en llenar la cancha de parlantes hasta que nadie entienda nada.

La libertad también puede morir ahogada en ruido

Ese es el gran cambio cultural de esta era, antes el poder controlaba información cerrando diarios o apagando canales, pero hoy puede hacer algo mucho más sofisticado: pulverizar la conversación pública, streams infinitos, clips, podcasts, trolls, microcanales, operaciones, influencers, bronca viral, información mezclada con entretenimiento permanente.

Todos hablando, nadie escuchando. La verdad compitiendo en igualdad de condiciones con el meme, la operación y el algoritmo emocional de turno. Y ojo, porque una sociedad puede perder libertad por prohibición.

Pero también puede perderla cuando el ruido se vuelve tan gigantesco que distinguir información de propaganda empieza a ser imposible.

El detalle que empieza a tensionar el relato libertario

Y acá aparece otro problema delicado para el oficialismo.

Porque mientras el Gobierno habla de declaraciones juradas para periodistas, el agujero negro más grande de opacidad financiera moderna pasa hoy por otro lado: las criptomonedas y las wallets digitales.

Y esto no es una teoría conspirativa. El propio Manuel Adorni, antes de convertirse en funcionario, explicaba públicamente cómo las criptomonedas funcionaban como sistemas extremadamente difíciles de rastrear para los Estados. Ese archivo existe. Está grabado.

Ahora como Jefe de Gabinete, le apareció otro episodio políticamente delicado: la Justicia detectó movimientos vinculados a criptomonedas asociados a él en medio de investigaciones recientes.

Entonces la contradicción aparece sola. Curioso. Para algunos periodistas quieren declaraciones juradas exhaustivas. Pero las billeteras digitales capaces de mover dinero imposible de rastrear parecen generar bastante menos entusiasmo regulatorio.

Porque las coimas reales rara vez llegan prolijamente bancarizadas con factura electrónica y concepto detallado.

La corrupción seria suele moverse:

  • En efectivo
  • Mediante terceros
  • Sociedades
  • Triangulaciones
  • Testaferros
  • Mecanismos financieros difíciles de auditar

Eso vale para kirchneristas. Para macristas. Para libertarios. Para todos.

El día que los libertarios empezaron a molestarse con las preguntas

Y quizás ahí aparece la escena más irónica de todas.

Un gobierno que llegó denunciando:

  • Persecución,
  • Disciplinamiento,
  • Control político,
  • Aparato estatal,
  • Privilegios,
  • Censura indirecta, empieza ahora a mostrar una sensibilidad cada vez más evidente frente al periodismo crítico.

Restricciones, exposición pública, hostigamiento digital, periodistas señalados, oficinas oficiales para “desmentir operaciones”. Y proyectos que mezclan transparencia con presión política.

Entonces la discusión deja de ser periodística y pasa a ser institucional, porque la democracia puede sobrevivir perfectamente a periodistas malos, mediocres o ensobrados.

Lo que casi nunca sobrevive demasiado bien es un poder político que empieza a convencerse de que necesita decidir qué voces pesan, cuáles se diluyen y cuáles deben ser vigiladas.__IP__

Antes te censuraban apagándote el micrófono, ahora pueden hacer algo mucho más sofisticado: llenarte la cancha de parlantes hasta que nadie entienda nada. Y cuidado con eso, porque cuando el poder logra que todo sea ruido, la verdad ya no necesita ser prohibida.

Le alcanza con quedar tapada.

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